En los videojuegos normalmente existe la posibilidad de elegir al comienzo el grado de dificultad con el que quieres enfrentarte al mismo, o incluso puedes modificarlo si, una vez iniciado, ves que este no se adecua a tu nivel.
Sin embargo, en la vida real esto no ocurre y, de buenas a primeras, el grado de dificultad puede ir aumentando de manera desorbitada, y anular por completo las habilidades que hayamos desarrollado hasta ese momento y con las que estábamos solventando bien las adversidades.
Y es que, con los recuerdos de un naufragio aún presentes, me dispuse a afrontar una nueva partida sin saber aún como iba a terminar.
Al fin y al cabo, no podría ser peor que lo anterior, ¿no?
Sin embargo, ahora que ya hemos llegado al final de la misma, miro hacia atrás y siento que finalmente me he visto obligado a jugar en modo supervivencia.
No ha sido fácil el camino.
No han sido fáciles las circunstancias.
Y no ha sido fácil comprobar que hay variables negativas que se podrían haber evitado de haber existido voluntad y valentía para ello.
Y no hablo sólo de mí.
He visto a muchas personas valiosas tambalearse en la cuerda floja a lo largo de estos meses por motivos injustos, y eso también pasa factura.
Por suerte, una cosa buena de esta nueva partida han sido las importantes personas aliadas que he ido encontrando en el recorrido y que han hecho más liviano mi camino. Desde aquí, mi más sincero reconocimiento y agradecimiento.
Sin embargo, yo siento que no he estado a la altura de lo que suelo ser.
Siento que me he limitado a recorrer la historia principal de este videojuegos sin reparar demasiado en todo lo que me ofrece con el objetivo de simplemente llegar vivo al final.
Y sí, he llegado vivo a ese final, pero me siento tan desconectado de mí que ahora la sensación es extraña.
Supongo que sólo queda esperar a lo que acontecerá cuando la partida se vuelva a reanudar.
Mientras tanto, querido jugador, aprovecha este momento para descansar.

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