En un mundo cada vez más globalizado, donde el inglés ha ido progresivamente convirtiéndose en la lengua vehicular en toda relación internacional que se precie, parece más que justificada la preocupación de nuestra sociedad porque las generaciones venideras adquieran un buen dominio de este idioma.
Sin embargo, bajo este argumento aparentemente esclarecedor se está produciendo un fenómeno que poco tiene que ver con el fin en principio propuesto, pues, lejos de facilitar el acceso a esta segunda lengua a toda la población, está provocando una ruptura que vuelve a dejar en posición de desventaja a quienes "no están al nivel".
De esta manera, el programa bilingüe que tan de moda parece estar no es más que una criba entre quienes pueden permitirse seguir ese ritmo de trabajo (ya sea por capacidades propias o por recursos con los que cuenta para poderlo compensar) y quienes, por su condición social o personal, no pueden mantener el ritmo impuesto y tienen que desistir.
Cabe destacar que no tengo nada en contra de que busquen fórmulas en nuestro Sistema Educativo que nos lleven a adquirir un buen nivel en esta materia, pero ese fin no puede ser alcanzado si no se tienen en cuenta los principios educativos que sustentan nuestra Escuela Pública (aquellos de atención a la diversidad, normalización, inclusión, equidad,...) y los criterios pedagógicos necesarios para implantarlos con garantía de éxito para todos y todas, sin distinción.
Así pues, no puede plantearse un sistema bilingüe cuyo funcionamiento va en detrimento del aprendizaje de conceptos, vocabulario e ideas en la propia lengua materna del discente, que es lo que pasa cuando propones impartir asignaturas completas en un idioma extranjero, que se pierde profundidad y, en consecuencia, calidad, esa misma calidad que decían querer mejorar.
Además de ello, al alumnado más vulnerable, a aquel que presente necesidades específicas de apoyo educativo, sea por la causa que sea, directamente lo excluyes de esta propuesta, pues, sí ya encuentran dificultades en sí durante su escolaridad, muchas más tendrán si se les pone delante otro handicap añadido.
En este sentido, tenemos la suerte de contar con docentes comprometidos que, conscientes de la situación, tienen que jugársela en contra de la ley para facilitarles el trabajo a quienes de otra forma lo tendrían todo en contra para caer y acabar en un centro gueto, o siendo víctima de la división existente en nuestros centros de secundaria entre los de programa y los de sección, marcándose aún más si cabe las diferencias existentes entre quienes pudieron y quienes son "despojos del sistema", sin acritud.
Lo peor de todo esto es pensar que, más que responder a una mala planificación del programa o a un error humano en su concepción, atiende más a un planteamiento hábilmente diseñado con la intención de crear distinción dentro de la propia red de centros públicos y perpetuar así la brecha social.
Es por ello que la idea de Centro Binlingüe debe evolucionar, de manera que su planteamiento sea abierto, inclusivo y no segregador, y de manera que se pueda trabajar la segunda lengua sin que ésta tenga que desbancar nuestra propia cultura y el aprendizaje de contenidos en nuestra lengua natal.
En definitiva, no se trata de ir en contra de la idea de un modelo bilingüe de Educación, sino de trabajar duro todos y todas en una misma dirección para superar ese vil-lingüísmo que nos han colado a traición.
Para finalizar, debo decir que la única experiencia docente que he tenido en un colegio que estaba adoptando este formato fue altamente gratificante, y guardo muy buenos recuerdos del tiempo que pasé allí y de los y las profesionales con las que tuve el placer de compartir mi trabajo. Sin embargo, toda la información que posteriormente me ha llegado sobre este planteamiento de centro es lo que ha derivado en esta visión crítica, la cual plasmo aquí con el objetivo de buscar entre todos una solución que dé continuidad a la bondad de la idea y ofrezca una mejor respuesta que se adapte a la realidad de nuestros propósitos educativos y a las necesidades de toda nuestra población, como ya dije antes, sin distinción.
martes, 28 de marzo de 2017
lunes, 27 de febrero de 2017
Tiempo y Clima
La palabra clima hace referencia a las condiciones ambientales promedio que se esperan en un lugar concreto durante un período prolongado. En cambio, la palabra tiempo, cuando hablamos en términos atmosféricos, se refiere a las variaciones que pueden sufrir esas variaciones ambientales en un período más corto y en un lugar en concreto.
La pregunta ahora es: ¿Qué tiene que ver todo esto con la Educación?
Lo cierto es, que cada centro escolar, como cada región de nuestro planeta, goza de su propio clima, un clima que puede verse afectado por múltiples variables ajenas a nosotros, pero también puede verse modificado por la acción humana.
Puede ocurrir que dicha acción humana se desarrolle sin la suficiente conciencia por la sostenibilidad de nuestro entorno y dé lugar a condiciones adversas como las del cambio climático. Sin embargo, también puede pasar que tomemos responsabilidad acerca del peso que nuestras acciones tienen sobre nuestro clima y procuremos actuar en consecuencia para evitar situaciones tóxicas o contraproducentes.
Porque, cuando cuidamos el clima y contribuimos a mantener unas condiciones atmosféricas adecuadas, estamos mejor preparados para adaptarnos a los cambios que el tiempo pueda traer.
Al fin y al cabo, el tiempo es fluctuante, y puede haber días mejores y días peores, días donde el sol brilla de forma radiante o días donde un cielo gris nos amenaza como romper a llover en cualquier momento, pero el clima será algo estable a lo que nos podremos acoger.
Después de todo, no se trata sólo de mirar por las condiciones climáticas que nos incumben directamente, sino por las que desarrollamos para las generaciones venideras que dependen directamente de nuestras decisiones al respecto.
Procuremos entre todos un clima adecuado para nuestro alumnado.
Eduquemos entre todos a un alumnado consecuente con nuestro clima.
viernes, 27 de enero de 2017
Culpable
Debo admitirlo.
Después de un tiempo deliberado de recapacitar en torno a una serie de diversas circunstancias, he llegado a la conclusión de que soy culpable.
No hay vuelta atrás.
Creo que es importante reconocer en qué situación me hallo antes de escribir la presente entrada del blog y poder entonar así el "mea culpa".
Son varios los delitos que se me imputan, así que me parece correcto enumerarlos uno a uno para así poder corroborar que estoy conforme con el veredicto:
- Soy culpable de soñar, de creer que puedo aportar algo a la Educación, de defender que las cosas pueden hacerse de otra manera, y de pensar que nuestro día a día en las aulas puede afrontarse de una forma mejor.
- Soy culpable de la pasión que pongo en mi trabajo, de implicarme emocionalmente en él con tanta intensidad, de no tolerar las injusticias y de defender siempre el principio de equidad.
- Soy culpable de empatizar demasiado, de ser demasiado sensible y vulnerable, de querer incondicionalmente a mi alumnado por el mero hecho de serlo, y de olvidar que no todo el mundo que trabaja en esto es como yo.
- Soy culpable de pensar que cuidar nuestro clima y entorno de trabajo es crucial para el bienestar de todas las personas implicadas, y de defender que nuestro alumnado debe estar siempre por encima de todo.
- Soy culpable de invertir mi propio tiempo y mis propios recursos para aprender y poder dar lo mejor de mí cada día o, simplemente, para tener más contento y motivado a mi alumnado.
- Soy culpable de llevarme el trabajo a casa, de no querer tirar la toalla o tomar el camino fácil, de defender que hay mucho más que mirar de lo que a menudo se ve (o de lo que se quiere ver), de no tener a veces mejor conversación que la que se genera en torno a mi alumnado y a lo que hago o quisiera hacer en clase, y de preocuparme por ellos una vez debo marchar y dejarles atrás.
- Soy culpable de idear locas o curiosas propuestas que en muchos casos no suelen ser recibidas con buenos ojos, de defender teorías pedagógicas o metodologías que van más allá del aprendizaje puramente memorístico o insustancial, de "la letra con sangre entra" o de "lo único válido en este mundo es mi palabra y mi autoridad".
- Soy culpable de defender un modelo donde docentes, familias y alumnado tengamos voz y voto, un modelo donde todos podamos aprender de todos, y donde todos sepamos escuchar y tengamos algo que aportar.
- Soy culpable de entender la Diversidad como el eje central a tener en cuenta a la hora de diseñar cualquier Sistema Educativo que se precie, entendiendo ésta como la amplia variedad de personas que existe en el mundo y no sólo como conjunto de personas con discapacidad.
- Soy culpable de tener fe en las personas, de pensar que hace más el que quiere que el que puede, culpable de creer que las mayores fronteras de nuestro mundo están en los ojos de quien mira, y que nuestra actitud en ese aspecto juega un papel fundamental.
- Y, por último, soy culpable de sentirme derrotado, de restarme valor, de pensar en demasiada ocasiones que me he equivocado de vocación, y de sentir que la cruda realidad merma todas mis expectativas de desarrollo personal y profesional, y que no tengo nada que hacer al respecto.
Aquí mi lista de inconfesables delitos, aunque seguramente en el tintero se me haya podido quedar algún que otro matiz por confesar.
Yo ya he cumplido mi parte. Ahora sois vosotros quienes me debéis indultar o condenar.
Aunque existe una tercera opción.
Siempre podéis uniros a la loca cruzada que me ha llevado a estar ahora mismo frente a este supuesto tribunal.
La invitación queda formalmente formulada.
Os toca decidir.
Os toca actuar.
Después de un tiempo deliberado de recapacitar en torno a una serie de diversas circunstancias, he llegado a la conclusión de que soy culpable.
No hay vuelta atrás.
Creo que es importante reconocer en qué situación me hallo antes de escribir la presente entrada del blog y poder entonar así el "mea culpa".
Son varios los delitos que se me imputan, así que me parece correcto enumerarlos uno a uno para así poder corroborar que estoy conforme con el veredicto:
- Soy culpable de soñar, de creer que puedo aportar algo a la Educación, de defender que las cosas pueden hacerse de otra manera, y de pensar que nuestro día a día en las aulas puede afrontarse de una forma mejor.
- Soy culpable de la pasión que pongo en mi trabajo, de implicarme emocionalmente en él con tanta intensidad, de no tolerar las injusticias y de defender siempre el principio de equidad.
- Soy culpable de empatizar demasiado, de ser demasiado sensible y vulnerable, de querer incondicionalmente a mi alumnado por el mero hecho de serlo, y de olvidar que no todo el mundo que trabaja en esto es como yo.
- Soy culpable de pensar que cuidar nuestro clima y entorno de trabajo es crucial para el bienestar de todas las personas implicadas, y de defender que nuestro alumnado debe estar siempre por encima de todo.
- Soy culpable de invertir mi propio tiempo y mis propios recursos para aprender y poder dar lo mejor de mí cada día o, simplemente, para tener más contento y motivado a mi alumnado.
- Soy culpable de llevarme el trabajo a casa, de no querer tirar la toalla o tomar el camino fácil, de defender que hay mucho más que mirar de lo que a menudo se ve (o de lo que se quiere ver), de no tener a veces mejor conversación que la que se genera en torno a mi alumnado y a lo que hago o quisiera hacer en clase, y de preocuparme por ellos una vez debo marchar y dejarles atrás.
- Soy culpable de idear locas o curiosas propuestas que en muchos casos no suelen ser recibidas con buenos ojos, de defender teorías pedagógicas o metodologías que van más allá del aprendizaje puramente memorístico o insustancial, de "la letra con sangre entra" o de "lo único válido en este mundo es mi palabra y mi autoridad".
- Soy culpable de defender un modelo donde docentes, familias y alumnado tengamos voz y voto, un modelo donde todos podamos aprender de todos, y donde todos sepamos escuchar y tengamos algo que aportar.
- Soy culpable de entender la Diversidad como el eje central a tener en cuenta a la hora de diseñar cualquier Sistema Educativo que se precie, entendiendo ésta como la amplia variedad de personas que existe en el mundo y no sólo como conjunto de personas con discapacidad.
- Soy culpable de tener fe en las personas, de pensar que hace más el que quiere que el que puede, culpable de creer que las mayores fronteras de nuestro mundo están en los ojos de quien mira, y que nuestra actitud en ese aspecto juega un papel fundamental.
- Y, por último, soy culpable de sentirme derrotado, de restarme valor, de pensar en demasiada ocasiones que me he equivocado de vocación, y de sentir que la cruda realidad merma todas mis expectativas de desarrollo personal y profesional, y que no tengo nada que hacer al respecto.
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Aquí mi lista de inconfesables delitos, aunque seguramente en el tintero se me haya podido quedar algún que otro matiz por confesar.
Yo ya he cumplido mi parte. Ahora sois vosotros quienes me debéis indultar o condenar.
Aunque existe una tercera opción.
Siempre podéis uniros a la loca cruzada que me ha llevado a estar ahora mismo frente a este supuesto tribunal.
La invitación queda formalmente formulada.
Os toca decidir.
Os toca actuar.
domingo, 18 de diciembre de 2016
Necesidades Educativas no tan Especiales
A principios de este mes se celebró el Día Internacional de las Personas con Discapacidad, día que, aunque necesario por la visibilidad que le da a este colectivo, se queda corto al seguir poniendo el acento en el déficit y no en fomentar entre todos una inclusión plena.
El problema es que nuestra sociedad en estos términos sigue basándose en dos concepciones demasiado arraigadas que conviene solventar para seguir avanzando: el enfoque clínico por el cual nos centramos más en la persona y su diagnóstico que en el desarrollo de su potencial bajo un enfoque interactivo entre ésta y el entorno, y la caridad cristiana que, pese a sus buenas intenciones, se queda corta al realizarse de manera vertical y puntual, en lugar de horizontal y constante como es el enfoque que proponen los conceptos de equidad y solidaridad.
No obstante, todos los que nos dedicamos a trabajar con estos colectivos sabemos que, en términos educativos, el concepto de alumno con deficiencia ha ido evolucionando hacia el de alumno con necesidades educativas especiales, con el cual se busca promover una participación lo más plena posible, en función de cada circunstancia, en la escuela y en la sociedad.
Aún así, no siempre la realidad es tan maravillosa como se espera, y todavía queda mucho trabajo que hacer dentro de este ámbito.
Es por eso que, con esta entrada, quiero hacer una pequeña aportación, demostrando que las ya mencionadas "necesidades educativas especiales" no tienen por qué ser tan especiales.
Me explico: Cuando empleamos este nuevo concepto, queramos o no, lo seguimos asociando en muchos de los casos al concepto de discapacidad, estableciendo ahí una barrera invisible que ya marca de antemano una diferencia entre estos chicos y chicas y el resto, sin darnos cuenta de que todos y todas somos diferentes, y que todos y todas tenemos necesidades que a menudo la escuela se olvida de cubrir.
Porque cuánto más concienciados estemos de que todo el conjunto del alumnado presenta una serie de necesidades básicas para un correcto progreso tanto a nivel educativo como personal, menos excepcionales serán luego aquellas que determinados alumnos y alumnas puedan presentar por distintas circunstancias específicas e individuales.
Es por ello que presento aquí lo que, a mi juicio, son una serie de necesidades fundamentales a contemplar por familias y docentes a la hora de velar por un desarrollo pleno e integral de nuestros discentes:
- Necesidad de sentirse querido y valorado: todos y todas deberíamos tomar conciencia ya de la importancia que tiene todo el ámbito afectivo en el bienestar de cualquier persona y en su capacidad de rendimiento. Sentir que somos importante y que se nos reconoce por lo que somos hará que nos sintamos mucho más implicados en nuestra tarea y que respondamos mejor ante las acciones que los adultos responsables de nosotros nos soliciten realizar.
- Necesidad de crear un entorno acogedor y un clima de confianza y respeto mutuo: Cuidar nuestro lugar de trabajo es fundamental, al igual que las relaciones que en él se establecen. En este sentido es vital fomentar todo lo posible las habilidades sociales y la aceptación de unos y otros sin importar aquello que nos pueda diferenciar, hasta el punto de que el grupo-clase funcione como un equipo bien integrado. Esto no es siempre tarea fácil, pero es tarea nuestra trabajar por ello, siendo los primeros en tratar con respeto a nuestros alumnos y alumnas y hacerles entender que confiamos en ellos y en sus posibilidades, dejándoles siempre la puerta abierta por si alguno de ellos necesita de nuestra orientación o ayuda para una determinada duda o adversidad. Si les tratamos con respeto y dignidad, de manera justa y coherente, es muy probable que recibamos el mismo trato, ya que el respeto no se impone, sino que se gana.
- Necesidad de tener en cuenta los distintos estilos de aprendizaje y de buscar diferentes vías y metodologías que poner en marcha para asegurar la consecución de los aprendizajes previstos: No basta con decir "yo les explico todo, el problema es que no lo aprenden", porque eso significa que no hemos probado a afrontar nuestro trabajo poniendo en marcha otros mecanismos que nos faciliten la adquisición de aquello que queremos enseñar. En este sentido no existe ni panaceas ni recetas mágicas que aplicar al pie de la letra, sino que, de todo lo que conocemos y de lo que se utiliza a nuestro alrededor, debemos ver que cosas son aplicables en función de que grupos, que alumnos y que contenidos se vayan a trabajar, permitiendo que cada uno de ellos genere sus propias estrategias y fomentando el pensamiento divergente y la capacidad creativa y crítica que todos y todas poseemos y que a menudo no desarrollamos.
- Necesidad de relacionar los aprendizajes vistos en clase con la vida real, favoreciendo su aplicación práctica y su generalización: Cuando los aprendizajes se llenan de significatividad y adquieren importancia para nosotros en función de nuestras inquietudes, de nuestros intereses y de nuestro entorno, es mucho más fácil que se produzca un aprendizaje real de los mismos. Para ello es fundamental que conozcamos bien a nuestros discentes, sus intereses y los entornos donde se mueven, para ser capaces de conectar su mundo real con el mundo académico donde tenemos que trabajar.
- Necesidad de respetar los tiempos, de compensar dificultades y de ser flexibles en nuestra forma de proceder: Ni todas las personas aprenden igual de rápido, ni todas las personas tienen las mismas aptitudes. Siempre habrá materias que se nos den mejor y materias que se nos den peor. Saber adaptar y flexibilizar tanto los contenidos con nuestra manera de abordarlos según cada alumno y cada situación es importante para atender a la diversidad de alumnado que tenemos en nuestras aulas.
- Necesidad de trabajar la autoestima y fomentar las habilidades sociales, aprendiendo a gestionar sus propias emociones: La escuela no es solamente un lugar para aprender contenidos curriculares, sino también un lugar para aprender a ser nosotros mismos y a interactuar correctamente con nuestros iguales. Es por ello que tenemos que fomentar actividades donde todos participen conjunta y activamente, y donde se ponga en marcha mecanismos de superación de dificultades, graduando las posibilidades de éxito y enfocando el error como parte natural del proceso de aprendizaje. Además, es también importante saber hablar de lo que sentimos y saber expresarlo ante los demás, siempre de la forma más asertiva posible y desarrollando su capacidad para empatizar.
- Necesidad de adaptar el proceso de evaluación a la forma de aprender y proceder: Porque de nada tiene sentido todo lo anterior si a la hora de realizar la evaluación no lo tenemos en cuenta. Además, debemos valorar todo el proceso de aprendizaje de nuestros alumnos y saber apreciar los esfuerzos y los avances realizados por ellos, haciéndoles partícipes de su propia evaluación.
En definitiva, todas estas necesidades aquí estamos exponiendo suelen ser aquellas que parece en mucho de los casos sólo reservadas para el alumnado con necesidades educativas especiales, cuando todo el conjunto del alumnado podría beneficiarse de ellas, incluyendo a nuestro alumnado concreto.
Porque cuanto más tengamos en cuenta la diversidad de nuestro alumnado a grandes rasgos, menores serán las medidas específicas que debamos adoptar y mayor será la inclusión plena y real que logremos fomentar, y no sólo de cara a la escuela, sino de cara a la sociedad.
martes, 22 de noviembre de 2016
"Libres de Texto"
Como si de una trilogía se tratase, y después de haber dedicado una entrada a la sobrecarga tanto de deberes como de extraescolares a la que se enfrentan a diario nuestros chicos y chicas, y otra entrada dedicada al lastre que supone a menudo la burocracia en nuestra profesión, vengo a cerrar la saga con una nueva entrada centrada en otro elemento muy cuestionado en lo que a Educación se refiere: El Libro de Texto.
Y es que cada vez son más las voces críticas que piden una seria reflexión sobre este recurso didáctico de uso tan extendido y al que a menudo todos los que formamos parte de los centros educativos nos vemos subordinados.
Siempre recordaré el día en el que, haciendo un apoyo dentro de una clase de tercero de primaria, surgió un debate muy interesante a raíz de una lectura colectiva que hicimos. Sin embargo, la maestra tutora interrumpió el debate (una actividad con la que alumnos y alumnas estaban participando de manera activa, guardando los turnos de palabra, haciendo razonamientos, expresándose de manera oral e intercambiando argumentos) para pedirles que se limitaran a hacer las actividades que venían en el libro. Tras esa situación, recuerdo que le comenté en privado que me parecía mucho más interesante el debate que surgió a raíz de la lectura que responder a las preguntas que el libro de texto había establecido sobre la misma, y la respuesta fue que "hay que terminar el libro".
Simplemente demoledor.
Resulta que nuestro papel como docente se ha limitado a ser meros ejecutores de lo dispuesto por una determinada editorial, la cual ya ha planificado el ritmo del curso y los contenidos a desarrollar, y ya parece que con hacer eso los niños van a aprender sin más.
Y ojo, porque pienso que no es algo que los que nos dedicamos a este trabajo hagamos a conciencia, sino que es algo que, como esta maestra que os comentaba, la cual es un encanto de persona, lo tenemos tan asumido que, sencillamente, ni siquiera nos planteamos que puede haber otras formas de trabajar en clase sin depender de forma exclusiva del libro de texto.
Porque nunca debemos olvidar que el libro no deja de ser otro recurso didáctico más entre tantos otros, y que en ningún momento se trata de darle una patada al mismo, sino de saber moderar su uso y adecuarlo a las diferentes circunstancias y necesidades que puedan plantearse en clase.
Al fin y al cabo, nosotros, profesionales de la Educación, somos quienes debemos tomar el mando sobre los aspectos pedagógicos y metodológicos a aplicar en nuestras aulas y reflexionar sobre nuestra propia práctica docente, sin delegar decisiones de tanta importancia en las manos de cualquier editorial.
Pero claro, también está el handicap de los altos costes que estos libros conllevan para la familia, para las cuales supone aún más si cabe tirar el dinero cuando dichos libros no se llegan a finalizar o quedan incompletos.
Así pues, frente al despropósito de los gobiernos de turno que constantemente cambian las leyes educativas a su antojo y el despropósito de las editoriales que constantemente "renuevan" los libros para asegurarse el negocio y los beneficios, proponemos que, desde las escuelas, se incentiven los bancos de recursos y se disponga de una amplia biblioteca de libros de texto en las aulas para poder utilizarlos cuando sea conveniente sin que cada familia tenga que desembolsar bárbaras cantidades de dinero en tanto material.
De esta manera también evitaremos tanto peso innecesario a las espaldas de nuestros alumnos y alumnas, las cuales sufren y se resienten, y dejaremos de presentar al libro como una carga en nuestra vida escolar para pasar a presentarlo como una interesante fuente de aprendizaje.
Porque, reconozcámoslo, a nuestros chicos y chicas les encanta ojear el libro de texto y asombrarse con sus curiosidades, pero aborrecen tragarse horas y horas de escucha pasiva o de resolver actividades que no le aportan nada. Frente a esto, siempre podemos darle la vuelta al asunto y proponer planes de trabajo o realizar proyectos en clase donde haya que indagar sobre diferentes temas para resolver los retos planteados.
El recurso sigue siendo el mismo, pero el enfoque es mucho más activo, creativo y motivador.
Después de todo, somos nosotros, docentes, quienes tenemos que marcar la diferencia.
Somos nosotros quienes tenemos que romper las cadenas.
Seamos como Daenerys Targaryen.
Seamos Libres de Texto.
Y es que cada vez son más las voces críticas que piden una seria reflexión sobre este recurso didáctico de uso tan extendido y al que a menudo todos los que formamos parte de los centros educativos nos vemos subordinados.
Siempre recordaré el día en el que, haciendo un apoyo dentro de una clase de tercero de primaria, surgió un debate muy interesante a raíz de una lectura colectiva que hicimos. Sin embargo, la maestra tutora interrumpió el debate (una actividad con la que alumnos y alumnas estaban participando de manera activa, guardando los turnos de palabra, haciendo razonamientos, expresándose de manera oral e intercambiando argumentos) para pedirles que se limitaran a hacer las actividades que venían en el libro. Tras esa situación, recuerdo que le comenté en privado que me parecía mucho más interesante el debate que surgió a raíz de la lectura que responder a las preguntas que el libro de texto había establecido sobre la misma, y la respuesta fue que "hay que terminar el libro".
Simplemente demoledor.
Resulta que nuestro papel como docente se ha limitado a ser meros ejecutores de lo dispuesto por una determinada editorial, la cual ya ha planificado el ritmo del curso y los contenidos a desarrollar, y ya parece que con hacer eso los niños van a aprender sin más.
Y ojo, porque pienso que no es algo que los que nos dedicamos a este trabajo hagamos a conciencia, sino que es algo que, como esta maestra que os comentaba, la cual es un encanto de persona, lo tenemos tan asumido que, sencillamente, ni siquiera nos planteamos que puede haber otras formas de trabajar en clase sin depender de forma exclusiva del libro de texto.
Porque nunca debemos olvidar que el libro no deja de ser otro recurso didáctico más entre tantos otros, y que en ningún momento se trata de darle una patada al mismo, sino de saber moderar su uso y adecuarlo a las diferentes circunstancias y necesidades que puedan plantearse en clase.
Al fin y al cabo, nosotros, profesionales de la Educación, somos quienes debemos tomar el mando sobre los aspectos pedagógicos y metodológicos a aplicar en nuestras aulas y reflexionar sobre nuestra propia práctica docente, sin delegar decisiones de tanta importancia en las manos de cualquier editorial.
Pero claro, también está el handicap de los altos costes que estos libros conllevan para la familia, para las cuales supone aún más si cabe tirar el dinero cuando dichos libros no se llegan a finalizar o quedan incompletos.
Así pues, frente al despropósito de los gobiernos de turno que constantemente cambian las leyes educativas a su antojo y el despropósito de las editoriales que constantemente "renuevan" los libros para asegurarse el negocio y los beneficios, proponemos que, desde las escuelas, se incentiven los bancos de recursos y se disponga de una amplia biblioteca de libros de texto en las aulas para poder utilizarlos cuando sea conveniente sin que cada familia tenga que desembolsar bárbaras cantidades de dinero en tanto material.
De esta manera también evitaremos tanto peso innecesario a las espaldas de nuestros alumnos y alumnas, las cuales sufren y se resienten, y dejaremos de presentar al libro como una carga en nuestra vida escolar para pasar a presentarlo como una interesante fuente de aprendizaje.
Porque, reconozcámoslo, a nuestros chicos y chicas les encanta ojear el libro de texto y asombrarse con sus curiosidades, pero aborrecen tragarse horas y horas de escucha pasiva o de resolver actividades que no le aportan nada. Frente a esto, siempre podemos darle la vuelta al asunto y proponer planes de trabajo o realizar proyectos en clase donde haya que indagar sobre diferentes temas para resolver los retos planteados.
El recurso sigue siendo el mismo, pero el enfoque es mucho más activo, creativo y motivador.
Después de todo, somos nosotros, docentes, quienes tenemos que marcar la diferencia.
Somos nosotros quienes tenemos que romper las cadenas.
Seamos como Daenerys Targaryen.
Seamos Libres de Texto.
miércoles, 19 de octubre de 2016
"Cuando los árboles no te dejan ver el bosque"
Si en la anterior entrada de mi blog quise aportar mi propia visión sobre el debate de los deberes y las actividades extraescolares, poniendo de manifiesto la gran sobrecarga que supone para nuestros niños y niñas, hoy vengo a romper una lanza en favor de los docentes y de la gran carga burocrática que a menudo tienen que soportar.
Es bien sabido que los que nos dedicamos a la enseñanza tenemos la mala fama de disfrutar de un trabajo sencillo y sin muchas complicaciones, pero nada más lejos de la realidad. Porque no se trata tan sólo de impartir clases - si bien el concepto de "impartir clases" también es digno de debate -, sino que debemos abordar además un sinfín de documentos meramente burocráticos cuya vida real va a ser quedar relegados a un cajón del escritorio a una carpeta del pendrive, y no porque los documentos con los que trabajamos no sean importantes, sino porque en muchos de los casos resultan poco operativos y su vida útil es realmente escasa debido a que cada poco tiempo se ven sometidos a una serie de cambios en concepto y formato, fruto del ir y venir de un sinfín de leyes educativas, las cuales están más centradas en intereses partidistas que en una mejora real de la Educación.
En ese sentido, la siguiente viñeta es bastante ilustrativa:
Creo que a veces nos perdemos tanto entre propuestas, programas y planes que olvidamos lo más fundamental de nuestra profesión: atender a nuestro alumnado. Porque si estamos en este trabajo es por ellos y para ellos, porque son ellos quienes dan sentido real a nuestra profesión, y cualquier diseño de actividad que hagamos no puede tener como objetivo el impecable reflejo de la misma en un documento escrito, sino el de un correcto desarrollo que contribuya al aprendizaje y disfrute de nuestros discentes.
Sin embargo, nos vemos tan abrumados a menudo por esta causa que, siguiendo el tópico, son los propios árboles los que nos impiden ver el bosque.
Cierto es que una buena actuación pedagógica pasa por una buena planificación de la misma. Después de todo, antes de abordar cualquier actividad que nos propongamos debemos tener bien claro por qué la hacemos y que es lo que pretendemos aportar con dicha actividad, ya sea dentro del plano curricular de cada curso o materia, o bien sea a nivel transversal para todo el ciclo, toda la etapa o todo el centro escolar.
Porque no es nuestra intención poner en tela de juicio las bondades de tener bien programada nuestra intervención, sino la saturación y el encorsetamiento al que muchas veces nos vemos sometidos en este sentido dentro de unos ritmos lectivos cada vez más frenéticos, unas ratios cada vez más elevadas y unos currículos escolares cada vez más inflados que, en muchos de los casos, dejan entre la espada y la pared cualquier buena propuesta que, al no ser urgente, acaba perdiendo prioridad.
Al fin y al cabo, el diseñar planes, programas y propuestas debería servir para facilitar el proceso de enseñanza-aprendizaje, y no al contrario. No se trata de estar ahogados entre competencias clave y estándares de aprendizaje, sino de disponer de una guía de trabajo diseñada en función de nuestra realidad y adaptada a la población que vamos a atender, la cual nos permita generar la respuesta educativa más adecuada para contribuir al buen desarrollo de nuestro alumnado.
Cualquier otra propuesta que queramos hacer (Proyectos de Centro, Planes de Lectura, Planes de Mejora, etc.) debe estar siempre orientada y enfocada a contribuir a la mejora de nuestra práctica educativa, y no a convertirse en otro lastre más, haciendo que las bondades de su puesta en marcha resulten altamente atractivas y motivadoras para toda la comunidad educativa, de manera que genere la suficiente implicación en su desarrollo y no se quede sólo en redactar documentos llenos de palabras pero faltos de convicción.
No es cuestión de rellenar documentos por mero protocolo, sino de establecer hojas de ruta repletas de cuestiones prácticas y pedagógicas que poder llevar al aula.
Porque nuestro trabajo nos brinda la oportunidad de hacer grandes cosas con los chicos y chicas que pasen por nuestras aulas, y debemos siempre poner el acento en su bienestar presente y futuro, lo cual implica que sean más las facilidades que los inconvenientes que se establecen a la hora de abordar con éxito nuestra labor. En dicho sentido, disponer de tiempos, espacios y recursos suficientes nos ayudará a poder crear propuestas viables, atractivas y enfocadas a un aprendizaje real y no a llevar a rastras un currículo a menudo inalcanzable.
Sin embargo, falta que las personas que dirigen la Educación desde un despacho ajeno a la escuela entiendan que no se trata de programar al gusto de quienes hayan diseñado la ley educativa operante en dicho momento, sino que, partiendo de sus orientaciones y propuestas curriculares, y apoyando desde las instituciones las propuestas coherentes de innovación educativa, contemos con la suficiente autonomía en los centros para programar teniendo como prioridad a nuestro alumnado, pues es con ellas y ellos con quienes realmente tenemos que cumplir en nuestro día a día.
¡Que los árboles nos nos impidan ver el maravilloso bosque que tenemos ante nosotros!
sábado, 1 de octubre de 2016
¿Vivimos para trabajar o trabajamos para vivir?
Durante este mes de septiembre la popular marca Ikea nos ha sorprendido a todos con un original anuncio televisivo que saca a relucir una cuestión educativa sobre la que se viene debatiendo cada vez con más fuerza.
Para quienes no lo hayáis visto, el spot en cuestión es el siguiente:
Con un toque de humor familiar que busca empatizar con el cliente, este anuncio tiene un eslogan demoledor que, en los tiempos que corren, vale la pena destacar: "Merecemos menos deberes y más cenas en familia".
El hecho de que dicho lema nos resulte tan llamativo es porque pone en tela de juicio dos variables que influyen de forma directamente proporcional en nuestros niños y niñas: el tiempo que se comen los deberes (donde nosotros, además, vamos a tener en cuenta la masificación de extraescolares) y el tiempo que cada vez se pierde más de estar en familia.
Empecemos por la primera cuestión a debate, que radica en el término "deberes", sobre el cual existen tanto argumentos a favor como argumentos en contra.
Normalmente, por regla general, siempre se han defendido los deberes como una forma de crear un hábito de trabajo en los niños y niñas, para así hacer que sean responsables y puedan afianzar conocimientos dados por la mañana en clase.
Sin embargo, cada vez son más las voces, tanto de profesionales como de familias, que ponen en cuestión esta práctica tan arraigada en nuestra sociedad. En primer lugar, porque los deberes se establecen como un trabajo que, de forma heterogénea, debe realizar todo el alumnado, sin tener en cuenta ni sus propias necesidades ni sus capacidades personales o su particular estilo de aprender. Además de ello, estos suelen basarse en tareas mecánicas y repetitivas que no buscan un fin en concreto más que el de llenar el tiempo de por las tarde continuando lo empezado por la mañana o el de completar los ejercicios de un determinado libro de texto y sólo porque lo dice ese mismo libro de texto, siendo este otro debate sobre el que más adelante en otra futura entrada me gustaría indagar.
El caso es que no tiene nada de malo que nuestros alumnos y alumnas dediquen parte de su tiempo libre a afianzar aprendizajes, sino que además es totalmente recomendable, porque no existe un único espacio ni un único tiempo para aprender, y en la interacción con el día a día es donde más significado gana cualquier cosa que desde la escuela queramos enseñar.
Es por ello que, tal y como refleja el anuncio que veníamos analizando, participar en las tareas del hogar es una forma de asentar algunos contenidos de una forma práctica y cercana, como puede ser realizar la lista de la compra, seguir una receta o dividir a partes iguales porciones en la mesa.
En este sentido, si desde la escuela queremos ayudar a fomentar verdadero aprendizaje en las tardes de nuestro alumnado, debemos potenciar que indaguen e investiguen sobre algún tema que les sea de su interés o que tenga relación con algo visto en clase, que recojan información que les puedan proporcionar personas cercanas para luego compartirla en clase, que redacten algún texto significativo o que compartan con nosotros el libro que por propia voluntad se estén leyendo, sin que ninguna de estas actividades le resten tiempo a su ocio y a su juego, elementos de vital importancia en el desarrollo social y emocional de cualquier discente.
Sólo en caso de que veamos que un determinado alumno o alumna necesita invertir un pequeño tiempo extra por las tardes para poder afianzar algún aprendizaje que se le resista o para poder finalizar algo que se le quedó pendiente en la mañana, propondremos actividades más específicas y personalizadas que pactaremos, siempre que sea posible, con su familia, para que ésta entienda la necesidad de dicha práctica y podamos colaborar mutuamente sin que esto les pueda suponer una sobrecarga importante que, lejos de compensar dificultades, sólo sirvan para ampliar una brecha ya producida en la escuela que desde el hogar, ya sea por falta de tiempo o de recursos, no puedan atender.
Y digo sobrecarga importante porque, a día de hoy, los deberes se han convertido en la mayoría de nuestros hogares en algo tedioso que roba mucho más tiempo de infancia del que se debería permitir, traduciéndose en desmotivación por parte del alumnado y en malestar general en el ambiente del hogar.
Es por ello que, en caso de que veamos oportuno encomendar alguna tarea para casa, esta deba estar bien definida, equilibrada y argumentada, e intentar siempre contar con altas dosis de significatividad y comprensividad.
Sin embargo, como decíamos al inicio de este post, existe otra variable a tener en cuenta a la hora de continuar con este debate, y no es otra que la del numeroso tiempo empleado en un sinfín de actividades extaescolares.
Cierto es que la oferta de actividades que un determinado alumno o alumna puede realizar durante las tardes es casi ilimitado: escuela de idiomas, conservatorio de música, clases de apoyo, deportes, etc. La cuestión es saber donde radica el límite entre una actividad extraescolar que le de una formación extra y le sea de su agrado y una actividad extraescolar que le sea tediosa y no le sirva más que para tener tiempo ocupado.
En este sentido, el gran peso de la responsabilidad recae en las familias, pues son quienes toman las decisiones a este respecto, debiendo para ello tener en cuenta, por un lado, que actividad extra puede ser la más beneficiosa o recomendable para su hijo o hija, partiendo de sus capacidades y de sus intereses generales, y por otro, en que grado dichas actividades afectan al tiempo libre del que, como decíamos anteriormente, todo niño y niña debe disponer para ser lo que son: niños.
Sin embargo, se está produciendo un fenómeno social cuanto menos curioso, donde los adultos tenemos nuestro tiempo cada vez más saturado de quehaceres y vivimos a un ritmo cada vez más frenético y estresante, y estamos introduciendo a nuestros chicos y chicas en esa misma dinámica sin pararnos a reparar quizás en lo perjudicial que puede ser tanto para ellos como para nosotros mismos.
Es por eso que, como bien reza el anuncio que veníamos comentando, merecemos pasar más tiempo en familia, disfrutar de nuestro hogar en conjunto, compartiendo nuestro día a día, aprendiendo juntos con las tareas cotidianas y con el juego colectivo, hablando de como nos fue la jornada y dejando de lado, aunque sólo sea por ese breve momento,cualquier otra preocupación que una sociedad insana nos quiera imponer.
Al y al cabo, creo que no digo ningún disparate si me atrevo a afirmar que, a nosotros, personas adultas y trabajadoras, nos agobia tener que llevarnos trabajo a casa. Más que nada, porque tenemos un lugar de trabajo y unas horas que dedicamos en el mismo a realizar nuestros quehaceres, y que lo de llevarnos el trabajo a casa es algo que solemos hacer si vemos que se nos queda algo pendiente o que no podemos terminar en nuestra jornada laboral (si bien, dentro de la profesión docente, sí que se contempla que tenemos que invertir cierto número de horas a la semana fuera de nuestra jornada en preparar las clases o corregir materia pendiente).
Para finalizar, me gustaría remitiros a otro vídeo que, bajo el título de "lo haces y punto", realiza un curioso experimento sobre todo el tema que venimos debatiendo:
Y ahora, después de saber todo esto, acuérdate siempre de preguntarte: "¿vivimos para trabajar o trabajamos para vivir?". Una vez tengas tu respuesta, no te olvides de actuar en consecuencia.
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