miércoles, 26 de septiembre de 2018

"Abre tus aulas y echa a volar"

Este pasado fin de semana tuvo lugar la Escuela de Verano que organiza el colectivo Escuela Abierta, en Getafe; un evento que ya marca una fecha señalada al comienzo de cada nuevo curso escolar.

En esta ocasión, la temática que se abordó durante este encuentro educativo fue la de los cuidados en la escuela, un tema sobre el cual ya había escrito yo una vez en este blog a raíz de un evento similar celebrado en 2017 en Segovia de la mano de Conspiración Educativa, y me honra mucho saber que dicho texto al que di forma por aquel entonces ha tenido una gran acogida y repercusión durante el desarrollo de esta última jornada.


Quizás esto mismo haga pensar que, como es un tema sobre el cuál ya he reflexionado con anterioridad a través de esta plataforma, no tenga mucho más que aportar, y en parte no faltaría razón, pero me sigue pareciendo una cuestión de vital importancia a tener en cuenta en nuestra realidad escolar cuando los tiempos que corren nos imponen cada vez con más presión unos modelos frenéticos y totalmente deshumanizados.

Este hecho hace que, por poner el foco sobre, en mi opinión, un concepto erróneo de excelencia y sobre la competitividad y la productividad ante todo, se pierda de vista la importancia del bienestar social y personal. Tal y como se nos comunicaba durante el desarrollo del encuentro, "hay cuidados que descuidan", y creo que eso es lo que ocurre cuando, por querer cuidar ciertos aspectos a los que damos importancia en la sociedad actual, olvidamos atender aquello que realmente resulta importante y esencial.


En este sentido, parafrasenando también lo hablado durante el fin de semana, "hay que saber diferenciar entre los cuidados por compasión y los cuidados por equidad", es decir, salir de aquel concepto unidireccional y vertical por el que entendemos el hecho de cuidar y centrarnos en un plano más holístico e inclusivo, un plano donde todas y todos tengamos cabida, y que realmente atienda a la diversidad que nos es inherente en nuestra condición de seres humanos.

Y es que debemos dejar de entender la diversidad únicamente como sinónimo de necesidades educativas especiales, y comprender que abarca mucho más, que abarca múltiples maneras de ser, de sentir, de proceder, de aprender, de amar, etc. 

Es un hecho sobre el que se quiso poner especial hincapié durante el transcurso del fin de semana, pues aceptar que la diversidad es una característica básica y enriquecedora de nuestra sociedad es el primer paso para que todas y todos nos cuidemos en un marco de convivencia y de respeto mutuo.


Así pues, fue un placer poder compartir este espacio junto a mis compañeras del grupo de Atención a la Diversidad de Acción Educativa, junto a las cuales tomamos un papel activo formando equipo y destacando la importancia de los cuidados en el campo educativo que nos une bajo el paraguas de este paradigma que venimos defendiendo.

Se trata de un grupo de personas maravillosas con el que me siento ampliamente cuidado en la inmensidad de esta gran ciudad que tan bien te acoge pero que, a la vez, tan perdido te puede hacer sentir estar.

Después de todo, se trata de romper ese concepto de la persona docente (y no docente también) como una isla perdida y remota, que debe enfrentarse en solitario a los designios de un extenso, caprichoso y a veces peligroso mar.


Únete.

Cuídate.

Cuídales.

Forma archipiélagos.

Toma la llave.

Abre las cerraduras.

Rompe las barreras.

"Abre tus aulas y echa a volar"



viernes, 7 de septiembre de 2018

Mismo destino, nuevas sensaciones

Septiembre ya ha llegado y, tras un necesario periodo de descanso y desconexión en mi tierra natal, toca afrontar con ilusión y entusiasmo un nuevo curso escolar; un nuevo curso donde, tras algunos años de intentos fallidos de continuar en el colegio donde hubiera ejercido el curso anterior, repito en el mismo centro educativo de manera consecutiva, pues es el centro que ya me ha sido asignado como destino definitivo ahora que, después de haber afrontado el proceso opositor en varias ocasiones, por fin tengo mi plaza.

Eso hace que por fin pueda dar continuidad al trabajo comenzado el año anterior, algo que siempre he echado en falta desde que empecé a desarrollar mi labor docente como maestro interino en la Comunidad de Madrid, teniendo la sensación de que siempre dejaba a medias todo lo iniciado año tras año en cada nuevo destino en el que me tocaba estar.

Lo peor de todo esto, como ya he defendido en otras ocasiones, es que ello repercute, en muchos de los casos (salvo en algunas ocasiones en las que, por desgracia, se trata más de un alivio que de una perdida), en la calidad de la atención educativa que se les presta a los chicos y chicas que conforman nuestros centros, pues que tengan continuidad con sus personas de referencia significa que ya se parte de un entorno de confianza y de un conocimiento mutuo que ayuda mucho a que, tanto el trabajo a desarrollar como las relaciones personales que de esta interacción se generan, fluyan de una manera mucho más cercana y natural, partiendo todas las partes de una base previa. 

Es por ello que estoy realmente contento con poder seguir este año trabajando con parte del que fue mi grupo durante el curso anterior, y de disponer ya de un espacio propio acondicionado para ellos y para dar la bienvenida a los nuevos miembros que lo van a conformar.

Además, me parece una gran suerte poder seguir contando en mi equipo de trabajo profesional con algunas personas con las que ya he tenido el gusto de trabajar y colaborar de una manera muy eficaz, implicada y positiva, además de compartir centro con muchas otras personas con las que, aunque no trabaje directamente, me alegra mucho poder contar. 

En definitiva, espero que este nuevo año sea otra oportunidad para seguir creciendo, aprendiendo y mejorando, para seguir cumpliendo metas, alcanzando objetivos y para ofrecer a mi alumnado lo mejor de mi persona en todo momento en estrecha colaboración y cooperación con el resto de personas que conforman nuestro colegio y nuestra comunidad, contribuyendo con ello al buen clima de centro y poner así mi granito de arena para hacer que éste sea un lugar donde a todos y a todas nos guste estar. 

¡Feliz comienzo de curso a todas y a todos!

¡Y todo mi apoyo para quienes este año tenéis que volver a opositar!


jueves, 28 de junio de 2018

Junio agridulce

Si, según la película, noviembre es un mes dulce, yo digo que junio es un mes con sabor agridulce, pues es un mes donde se mezcla el agradable olor de las vacaciones de verano que ya se aproximan con amargas despedidas y con una necesaria dosis de autoevaluación.

Lo cierto es que, como decía un buen amigo y compañero de profesión con el que dialogaba sobre este tema, los que trabajamos en Educación tenemos muy marcados estos períodos lectivos con principio, desarrollo y final, los cuales se repiten cada nuevo año escolar, y que, en mi caso, siempre invitan a la reflexión.

Y es que, queramos o no, todo fluye constantemente, y todo se halla en continuo movimiento, y así, aquellos compañeros y compañeras que aún son interinos deben seguir despidiéndose de ti y del alumnado que habéis compartido, al igual que, aunque no seas tú quien se marche, habrá alumnos y alumnas que sí lo harán, dejando tanto compañeros y compañeras como alumnado su correspondiente huella de cariño y de nostalgia, pues todo lo vivido supone una experiencia vital más que debemos valorar. 

Durante todos estos años atrás, esas despedidas, por mi condición de maestro interino, solían ser cíclicas: año tras año se producía el mismo proceso de llegar, conocer, conectar y despedir. Sin embargo, ahora es distinto, o debería ser distinto, porque mi nueva condición de funcionario con destino definitivo en mi colegio actual me brinda la oportunidad de continuar ejerciendo la profesión que tanto aprecio en el mismo centro escolar, algo que hasta ahora no había ocurrido nunca y que me aporta cierta tranquilidad.

No obstante, este hecho no me exime ni de ese proceso de despedidas que os comentaba con anterioridad ni tampoco de hacer un necesario balance de como se ha desarrollado el presente curso y de como lo he sabido (o no) afrontar.

Ya el año pasado, sobre esta misma fecha, os hablaba de que "una gran responsabilidad conlleva un gran poder", y lo sigo manteniendo. Trabajar en Educación Especial es toda una gran responsabilidad, no tanto ya por la parte del tipo de alumnado al que buscaremos la mejor manera de dar una respuesta educativa (que también), sino además por el enfoque personal y humano que trabajar en estos contextos conlleva, como ya os conté en su día cuando os presentaba el desconocido mundo de la Educación Especial.

Y es que, cuando te implicas de lleno en cuerpo y alma en este trabajo, todo se vive con muchísima intensidad, y se alternan los momentos angustiosos con los momentos dignos de rememorar.

Saber valorar lo positivo y saber sobreponerse y aprender de la adversidad se convierte, en estos casos, en una destacada prioridad.

Lo que sí puedo afirmar con orgullo y convicción es que siempre he procurado aportar de mí todo lo mejor, lo cual no quita que aún así haya cosas que se puedan mejorar, pues nadie es perfecto, pero nos mueven las ganas y la vocación por hacer de cada día un día mejor, y agradezco enormemente el poder contar en este recorrido con personas maravillosas e implicadas en esta profesión. 

Lo importante ahora es desconectar y descansar a la espera de que llegue septiembre y veamos lo que el nuevo curso nos puede deparar. 

Otro año más para seguir aprendiendo.

Otro año más para seguir creciendo.

Otro año más para recordar.

¡Hasta septiembre!


sábado, 26 de mayo de 2018

"Fluir Fácil por la Forma, Fondear Fuerte en el Fondo"

El pasado sábado día 19 de mayo tuvo lugar el IV encuentro de Conspiración Educativa, un joven colectivo de personas altamente implicadas y comprometidas que se engloba dentro de los llamados Movimientos de Renovación Pedagógica (MRP) y en el que tengo la gran suerte de poder participar. 

En esta ocasión, nuestras compañeras Patri y Malú nos presentaron, tras amenizar el arranque del evento con una serie de divertidos pero críticos sketchs de corte educativo, su "Máquina de Desaprender", como forma de eliminar de nuestras cabezas y de nuestros contextos educativos aquellas creencias irracionales y aquellos pensamientos tóxicos que a menudo tenemos tan normalizados e interiorizados, para desterrar así posibles prejuicios y/o malas praxis a la hora de trabajar con la materia prima tan valiosa que cae en nuestras manos.

Lo cierto es que esto sólo fue el preámbulo del encuentro, pues si el año pasado el tema principal sobre el que giraba toda la jornada eran los cuidados en Educación, en este caso lo hacia en torno al Aprendizaje Basado en Proyectos (ABP), una metodología que, pese a que actualmente se nos presente como innovadora, ya estaba a la vanguardia hace un siglo.


Sin embargo, yo he preferido centrarme en esta presente entrada en el tema del desaprender, ya que considero que es pieza clave y fundamental en cualquier tipo de cambio educativo que nos queramos plantear, pues mucho se dice sobre los discentes y sobre las posibles formas de mejorar su proceso de aprender, pero poco se dice sobre las personas adultas que estamos con ellas y ellos y, que, en muchos de los casos, ya sea de manera consciente o inconsciente, viciamos este proceso y el desarrollo ya no sólo académico, sino también personal, del alumnado con el que debemos trabajar.

Es por ello que cualquier mejora educativa que se precie debe empezar por una profunda reflexión y un significativo cambio de actitud por parte de quienes debemos hacerlo artífice. En primer lugar, por motivos de efectividad metodológica, o lo que es lo mismo, porque ninguna nueva propuesta metodológica que se nos haga tiene sentido si no salimos de aquella idea tan nuestra de aplicar todo lo que cae en nuestras manos de manera dogmática en busca de la panacea educativa, sin realmente romper con todas aquellas creencias previas que comentábamos con anterioridad. Lo importante en este caso parte de un trabajo tanto personal como colectivo, el cual consiste en analizar, interiorizar y adaptar cualquier nueva propuesta a nuestra realidad, para poder transformarla desde dentro. Al fin y al cabo, no tiene sentido querer aplicar un método educativo que no nos creemos y sobre el que poco podemos esperar.

En segundo lugar, pero no por ello menos importante, por puro bienestar, tanto nuestro como de las personas que nos rodean, sean alumnado, compañeros y compañeras o parte de la comunidad. Porque no debemos olvidar que nuestro trabajo tiene un factor humano que lo hace, al mismo tiempo, tan natural como excepcional. Es por eso que, entre tanta carga curricular, tanta norma y tanto afán de autoridad, no debemos olvidar que, ante todo, somos personas, y como tal nos autodebemos y se nos debe respetar nuestra dignidad.  

Ya he hecho referencia a ello en alguna ocasión cuando he hablado del Maestro Espejo o de la diferencia entre Tiempo y Clima, y es que hay una parte de currículo oculto muy potente en todo contexto educativo de la que a menudo no somos conscientes, pero que tiene muchísimo mayor impacto en nuestros alumnos y alumnas que cualquier lección formal. Es por ello que abogo por una Educación centrada en las personas que de ella participan, pues no podemos educar para hacer mejor la sociedad si antes no hacemos de nuestros centros y entornos educativo unos contextos sanos y libres de actitudes tóxicas o negativas.


Ello implica, por un lado, romper con algunas viejas ideas y formas de proceder que venimos arrastrando generación tras generación basadas en el autoritarismo y en un formato magistral, para avanzar de forma paulatina hacia unos modelos más democráticos y pro-activos, y, por otro lado, entender que, aunque como personas que somos con diferentes ideas y criterios, podemos discrepar entre nosotras, pero no podemos llevar dichas discrepancias al terreno personal o permitir que nuestras diferencias interfieran en la calidad del servicio que debemos prestar y vayan en detrimento de nuestro alumnado o del ambiente del propio entorno escolar. 

Creo firmemente que, hasta que no comprendamos realmente cuán importante es la labor que tenemos entre manos en nuestros centros educativos, seguiremos cargando con esa mochila que tanto nos pesa y que a veces puede incluso hasta intoxicar. En este sentido, me parece fundamental garantizar que en nuestros centros educativos hayan profesionales que estén realmente comprometidos con la tarea de educar con la responsabilidad y el valor que esta tan importante misión conlleva, y no hablo sólo del colectivo docente, sino de cualquier otra persona que desarrolle su función laboral dentro de lo escolar. 

Después de todo, como nos recuerda el vídeo que os comparto a continuación, no debemos olvidar que cualquier cosa que queremos que nuestro alumnado aprenda, debemos aprenderla nosotros y nosotras primero, y no hablo tanto de contenidos curriculares como de actitudes y formas de actuar, que somos en todo caso ejemplo y modelo, que les impregnamos con nuestros actos más que con nuestra lección, que no podemos pedir silencio a gritos ni decirles de malas maneras que deben tratar bien a los demás. 


Estoy seguro de que me dejo muchos otros ejemplos en el tintero, pero espero que se entiendan con estos la idea que quiero reflejar.

Sé que a menudo es difícil mantenerse fuerte cuando los vientos adversos soplan con intensidad. En este caso, el gran Mario San Miguel, que suele amenizarnos el encuentro con su buena música y su infinita sabiduría y cordialidad, lo resume con la premisa que da nombre a este post: "Fluir Fácil por la Forma, Fondear Fuerte en el Fondo", o lo que es lo mismo, no olvidar que, pese a que tenemos que tener bien claras cuales son las ideas que sustentan nuestra forma de proceder y actuar al mismo tiempo que seguimos abiertos a nuevos aprendizajes y experiencias que nos ayuden a conocernos mejor y, por en consecuencia, mejorar, no debemos olvidar que tenemos que hacer todo lo posible por facilitar el buen desarrollo del trabajo que nos toque afrontar, propiciando un ambiente lo más constructivo y acogedor posible.

Después de todo, es bien sabido que cualquier persona va a rendir mucho mejor y va a contribuir a crear un mejor ambiente de trabajo cuando se siente a gusto consigo mismo y se siente a gusto en donde está.

Desaprendamos aquellos elementos que nos frenan y que no nos dejan avanzar. Reaprendamos a fluir de forma fácil. Reaprendamos a ser flexibles mientras reafirmamos nuestro sólido compromiso con la mejora de nuestra escuela y, por ente, de nuestra sociedad.  

lunes, 23 de abril de 2018

"Érase una vez... un acertijo"

Recuerdo que, hace un par de años, cuando trabajaba como especialista de Pedagogía Terapéutica en un centro ordinario situado en el barrio madrileño de Vallecas, fui uno de los encargados de preparar actividades para conmemorar el Día del Libro, entre las que destacamos cuenta-cuentos, lectura de poesía y representaciones teatrales. 

La cuestión es que algo bueno nació de aquellas jornadas de preparación, pues, lo que durante aquellos días de ensayos era un mero entretenimiento, se convirtió, a partir de entonces, en una costumbre cuyo éxito fue tan inesperado como arrollador. 

Y es que, dentro del buen clima y la buena relación que suelo promover con mi alumnado, empecé a retarles a resolver cada día un acertijo. Primero empezó como algo que se hacía vía oral y donde sólo participaban los alumnos y las alumnas que estaban implicados en las actividades anteriormente mencionadas, pero, una vez que el Día del Libro había terminado, estos alumnos y alumnas seguían demandando más acertijos. Fue entonces cuando pasamos a la vía escrita, imprimiendo cada mañana varías copias de un nuevo acertijo y dejándolas colgadas en el pasillo junto a mi aula para que, quien quisiera, pudiera coger uno e intentar resolverlo a lo largo de esa mañana.

En pocos días, la demanda se había disparado y cada vez eran más y más quienes venían en busca de su acertijo, por lo que tuve que regular la actividad diseñando un panel donde estarían colgados junto a unas pautas a tener en cuenta para un uso óptimo y el máximo aprovechamiento.


El tema en cuestión es que, aunque la idea propuesta para el Día del Libro fuera la que habíamos mencionado, creo que, con esta iniciativa improvisada a raíz de aquello, se consiguió acercar muchísimo más la lectura a nuestros chicos y chicas.

Y es que, aunque sólo fuera leer un pequeño acertijo cada mañana, aquello se convirtió en un hábito, un hábito además que les haría divagar, razonar, cuestionarse obviedades, realizar cálculos, pensar de manera divergente en busca de soluciones paralelas y creativas, cambiar de perspectiva, agudirzar el intelecto, reflexionar sobre creencias arraigadas o aprender a no dejarse llevar siempre por la primera impresión.

Lo mejor es que todo ello lo llevaban a cabo con ilusión y entusiasmo, participando de una manera tan activa que, a menudo, llegaba la hora del recreo o de irse a casa y muchos y muchas de estos chicos y chicas preferían quedarse en mi aula a debatir las posibles soluciones. Después de todo, creo que para eso debe servir la lectura, para hacernos participes activos, para implicarnos a recapacitar, a construir, a compartir, a crear, más allá que el papel de consumidores pasivos que, en demasiadas ocasiones, parecemos quererle atribuir. 

Después de todo, como ya dejé escrito en mi entrada anterior, quiero trabajar por un modelo educativo que nos enseñe a pensar, a cuestionarnos y a cuestionar, a debatir, a encontrarnos cómodos en la discrepancia asertiva de ideas, a querer mejorar la realidad, y eso sólo se consigue cuando tienes ciudadanos y ciudadanas con implicación activa y sentido crítico que disfrutan del proceso y del resultado.

Es por ello que a veces debemos bajarnos al punto de vista de nuestro alumnado, a entender que a menudo, como ya he señalado en más de una ocasión, les aniquilamos su motivación hacia la lectura endosándoles obras que quizás, por sus intereses o por proceso de madurez, les quede aún demasiado lejos de su momento vital. 


Igual nos ocurre a menudo con las mal llamadas "lecturas comprensivas", donde, a partir de un texto dado, al final se trata de localizar las respuestas en dicho texto, sin más.

Creo que este tipo de dinámicas son necesarias, y está bien que algunas de las preguntas formuladas sirvan para que niños y niñas adquieran el hábito de saber buscar de manera activa algo concreto en un texto, pero también debería dejar espacio a otro tipo de preguntas que no necesariamente tengan que tener "una respuesta correcta", sino que de vía libre a su capacidad creativa a poder poner en tela de juicio lo leído, pues, a través de este tipo de tareas escolares, podemos sacar al diálogo común determinados temas delicados y trabajar en torno a ellos, como puede ser el caso del acoso escolar, de la adicción a las TIC en la sociedad actual o de las actitudes discriminatorias por causas de género.

Es por todo ello que, en mi tradición de escribir una nueva entrada con motivo del Día del Libro, yo, como asiduo lector y aficionado escritor, hago uso de mi experiencia personal, con la grata satisfacción de aquella dinámica de acertijos que conseguimos mantener hasta final de curso (y porque, como interino que era, el siguiente año escolar no tuve ocasión de repetir y de darle continuidad), para realizar un nuevo llamamiento a reflexionar sobre como trabajamos la lectoescritura en nuestras aulas, pues, al fin y al cabo, son meras herramientas cuya vital importancia recae en el hecho de ser capaces de abrirnos las puertas a un sinfín de nuevas posibilidades.

Es por ello que desde aquí os animo a no quedaros solamente en la puerta, sino que nos atrevamos a abrirla, que nos atrevamos a entrar, a descubrir, a crecer, a explorar, a cuestionar, a vivir, a crear. 

¡Feliz Día del Libro! 


sábado, 31 de marzo de 2018

"El Rincón de Pensar"

La tradición pedagógica de nuestro sistema escolar, nacido de la mano de una revolución industrial más preocupada de disponer de mano de obra efectiva que de estar conformada por ciudadanos y ciudadanas con sentido crítico, hace que a menudo, de manera consciente o por la inercia de perpetuar sin quererlo lo que hemos recibido, sigamos en esa dinámica de prestar más atención en el aula a aquellos aspectos más destinados a una ejecución mecánica, rápida y eficaz, donde no haya tiempo que perder ni tiempo para pensar.

Toda esta vorágine, acompañada de la densidad de nuestros currículos y de la aún férrea creencia de que una clase que funciona es una clase donde niñas y niños están quietos y callados mientras obedecen a nuestra incuestionable autoridad, nos lleva a penalizar aquello que parezca querer cuestionar este status quo.

Sin embargo, yo no me cansaré de repetir que pensar nunca puede ser un castigo, aunque la dinámica de castigar por pensar o para pensar sea, aún hoy día, demasiado habitual.

Creo que no me equivoco si me atrevo a afirmar que todas y todos conocemos el famoso "rincón de pensar" que suele usarte en las aulas de Educación Infantil y en algunas aulas de Educación Primaria como forma de apartar al discente que haya cometido una falta o conducta no deseada para "que piense" sobre lo que ha hecho, pero no nos damos cuenta de que el pensar en sí se lo estamos asociando a algo negativo, cuando lo que deberíamos hacer es fomentar la capacidad de pensar de forma crítica y razonada de nuestros niños y niñas dotándoles desde edades bien tempranas de las herramientas y habilidades necesarias para ello.


Con esto lo que quiero decir es que, en lugar de enviar al niño o a la niña a un "rincón a pensar" así sin más, deberíamos dialogar con ella o con él sobre que aspecto de su conducta no nos ha gustado o consideramos que puede mejorar, para que así el proceso de pensar tenga una base constructiva, donde tengamos bien claro que una cosa es la conducta manifestada por una persona y otra cosa es atribuir dicha conducta como un aspecto asociado a su personalidad, pues aquí corremos mucho el riesgo de caer en la llamada "profecía autocumplida".

Por otro lado, también, en nuestro ego adulto y docente, solemos interpretar como una falta de respeto o un cuestionamiento hacia nuestra autoridad el hecho de que determinados alumnos o alumnas, ya sea por fruto de su inmensa curiosidad (esa que luego nuestros sistema educativo y nosotros mismos, como su brazo ejecutor, nos encargamos de aplastar) o fruto de un proceso de pensamiento divergente que le permita ver cosas que a nosotras y nosotros mismos se nos puedan escapar, realicen preguntas o propongan procedimientos o soluciones alternativas con las que no contásemos.

Es triste ver como, en la mayoría de estos casos, se penaliza al alumno o la alumna que preguntar por considerarlo una impertinencia o tiramos por tierra sus métodos paralelos por no ser los que la propia persona docente ha establecido como válido, dando con la puerta en las narices a todas aquellas ideas que giran en torno de las competencias clave y del desarrollo creativo e integral de nuestro alumnado.


Creo firmemente que hay que dejar espacios de participación del alumnado en el centro y en el aula, para que luego esos espacios de participación pueda extenderse a la sociedad. No podemos educar personas comprometidas con la mejora social si constantemente vetamos sus aportaciones o les sancionamos por pensar.

En este sentido, los programas de filosofía para niños me parecen algo fundamental, aparcando un poco el atropellado currículo y enseñando a mirar donde otros sólo ven o a ver dónde otros sólo miran, a saber escucharse y entenderse a sí mismo para poder escuchar y entender también a los demás, a saber relacionarse haciendo buen uso de las diferentes habilidades sociales y de la inteligencia emocional desde la empatía y la asertividad, a comprender que dos personas pueden tener ideas diferentes sobre un tema y que eso no implica que deba nacer una enemistad, que la verdad a menudo es relativa y que todos y todas tienen derecho a argumentar su particular visión y no a imponer sus ideas a los demás.

Recomiendo, a raíz de estas ideas, ver el documental francés "Sólo es el principio", que nos demuestra que todos estos planteamientos que venimos defendiendo pueden abordarse en la escuela desde edades bien tempranas.

Porque debemos romper con la idea bidireccional en Educación de que es la persona adulta quien debe preguntar y que son los niños y niñas quienes deben responder. Porque fomentar el arte de hacer buenas preguntas, como se nos explicó en la última edición de Grandes Profes, es una parte fundamental para que exista aprendizaje, ya que el hecho de realizar preguntas nos predispone a la curiosidad por conocer la respuesta y a la motivación por indagar sobre determinado tema. Es por eso que en nuestras aulas, además de grandes emisores, también debemos ser buenos receptores y estar atentos a todos aquellos aspectos que puedan despertar el interés de nuestro alumnado para usarlo a favor del proceso de enseñar y aprender.

Al fin y al cabo, no debemos olvidar que vivimos en un mundo líquido que se haya en constante cambio y evolución, por lo que saber analizar la situación y saber adecuar nuestra respuesta a cada caso va a resultar de una importancia vital, y para ello es necesario que fomentemos en las aulas la capacidad de pensamiento crítico y el ser capaz de buscar diferentes soluciones a un mismo problema o el de afrontar cada reto usando su capacidad de razonamiento y su creatividad, para ser sujetos plenamente activos y preparados para el mundo que les ha tocado vivir.

Quizás el primer paso para todo ello es pararnos, romper el tabú, y preguntarles que quieren para su vida y para su sociedad, para posteriormente escuchar sus ideas y propuestas al respecto. Quién sabe lo mucho que nos podrían sorprender...


jueves, 8 de marzo de 2018

Inclusión y Feminismo

Mucho se ha hablado estos últimos días con respecto a los llamamientos a secundar la exitosa huelga feminista de carácter internacional, así como las posteriores manifestaciones llevadas a cabo en este 8 de marzo,  tanto por los grandes motivos que existen aún en nuestros tiempos para tener que reivindicar la figura de la mujer en nuestra sociedad como por la falta de información (o campaña de desinformación) sobre el tema en cuestión.

El caso es que, a veces, da la impresión de que nos quedamos en la punta del iceberg y nos atrincheramos en una serie de ideas o creencias que no nos permiten ver más allá.

En primer lugar, porque aún el concepto feminismo parece seguir entendiéndose como algo negativo, como si se quisiera dar la vuelta por completo al sistema patriarcal que históricamente venimos arrastrando en nuestra sociedad. Sin embargo, este concepto lo que defiende es la lucha por equilibrar la balanza y que ambos géneros gocen de las mismas oportunidades, los mismos derechos y también los mismos deberes.

En su sentido más pleno, el feminismo no debe entenderse sólo como algo que concierne a la mujer y que nos es ajeno a nosotros, los varones, sino que es una cuestión que nos incumbe a todo el conjunto de la ciudadanía.

Después de todo, se trata de romper esos estereotipos, esos prejuicios y toda esa lacra que generan y que se traduce en desigualdades salariales, en la falta de reconocimiento laboral o en la aparente impunidad de algunos actos totalmente deleznables.

No obstante, imagino que aún algunos o algunas os estaréis preguntando qué pinta tratar este tema en un blog cuya temática es la educación.Si quienes leéis esto me conocéis y/o sois lectores asiduos, sabréis que, por ende, mi defensa de la educación se basa en la idea de la atención a la diversidad en el sentido más completo de la palabra bajo un enfoque lo más inclusivo posible. Es por ello que, por definición, una escuela inclusiva es también una escuela feminista, y espero que estas ideas no rechinen demasiado en vuestras cabezas, al menos no antes de que me de tiempo a explicar tal afirmación.


Como siempre digo, creo que desde Educación tenemos una grandísima responsabilidad en lo que a transformación e influencia social se refiere. Por nuestras manos pasan todas las personas que conforman o van a conformar la misma, y no sólo se trata de dar una lección, sino de ser modelo y fuente de inspiración.

Es por todo ello que, debido a la gran cantidad de estímulos adversos tristemente aún existentes - y, a menudo, sobreexplotados - en nuestra sociedad, debemos esforzarnos por inculcar en nuestro alumnado el respeto en general, y, en nuestro caso concreto, hacia nuestras compañeras en particular, desarmando todos aquellos patrones mentales que nos limitan y nos encasillan aún en ciertos roles preestablecidos o expectativas que tiene sobre nosotros y nosotras el mundo exterior.

En este sentido, tal y como os venía diciendo con anterioridad, el feminismo no es algo que a los chicos nos sea indiferente, sino que también lucha por nuestra libertad de no tener que estar a la altura de tales roles o expectativas, como es el hecho de que debemos ser duros, rudos y fuertes, que no podemos llorar o expresar emociones porque eso implica debilidad (asociado normalmente de otro tipo de calificativos que nos llevaría de lleno a abordar el tema de la homofobia) o que debemos ser quienes sostengan el peso económico de una familia o tomar la iniciativa siempre en una relación.

Es por esto que, aunque el mayor peso de esta lucha recaiga sobre nuestras compañeras, nosotros también debemos sentirnos totalmente amparados bajo el paraguas del feminismo, porque el feminismo lucha por una sociedad que nos incluya a hombres y mujeres por igual como individuos libres y únicos que somos, con nuestras semejanzas y nuestras diferencias, y formemos por igual parte activa, crítica y trasnformadora de la sociedad.

Es por ello que desde las aulas tenemos la obligación de defender una escuela inclusiva y feminista que nos de cabida a todas y a todos, no sólo con nuestras palabras, sino con nuestro ejemplo, nuestros hechos, nuestra conciencia y nuestra dedicación.