domingo, 24 de enero de 2021

Educación y Paz. Paz y Educación.

Hoy, 24 de enero, fue denominado en el año 2018 por la UNESCO como el Día Internacional de la Educación. 

Si a esto le sumamos que también este mes, concretamente el dia 30, se celebra el Día Escolar de la No-Violencia y la Paz, nos encontramos con que, a poco de empezar el año, hay ya dos fechas importantes en nuestro calendario escolar. 


Sin embargo, no podemos evitar preguntarnos qué sentido tiene dedicar un día concreto a la Educación o a la Paz cuando en el día a día cotidiano la relevancia que ambos temas debería alcanzar a menudo brilla por su ausencia. 

Este primer mes de 2021 nos ha traído algunos acontecimientos que quizás deba hacernos reflexionar sobre lo mucho que se ha estigmatizado el año anterior, como si lo bueno o malo que pasara en el mundo fuera responsabilidad del mismo. 

Uno de esos acontecimientos ha sido la borrasca Filomena, que colapsó ciudades y regiones completas y que acabó ocasionando en algunas zonas la imposibilidad de volver a reanudar las clases en la fecha en la que estaba previsto, como ocurrió en mi caso que trabajo en la Comunidad de Madrid. 

Ello hizo que docentes y alumnado tuviéramos que volver a utilizar nuestros propios medios para poder continuar las tareas educativas de manera telemática durante los días que nos fueron postergando las clases, unos días donde el goteo y la escasa antelación de la información que íbamos recibiendo se juntó con que de nuevo nuestro colectivo pagaba el pato a ojos de la sociedad.

Sólo hay que ver la lamentable desinformación que hizo Telemadrid al respecto:


Sin embargo, el problema de fondo en toda esta situación es que, después de todo lo vivido, debemos darnos cuenta de que la escuela no puede jugar el papel de elemento para la conciliación, y que deben ser los gobiernos quienes promuevan políticas para hacer posible dicha conciliación entre vida laboral y vida familiar.  La escuela no puede ser la panacea.

Por lo tanto, en lugar de ver mensajes bonitos de personas que se vanaglorian de conmemorar estos dos días señalados, me encantaría poder ver un firme compromiso con las dos grandes bondades que representan, y que dicho compromiso se vea reflejado en acciones reales que vayan encaminadas a otorgar a la Educación el reconocimiento y la importancia que tanto merece. Todo ello, en el seno de una sociedad que promueva unos valores de paz, de solidaridad y de respeto mutuo, pues educar en la paz es educar en la diversidad.


Después de todo, es la Educación la que marca el camino hacia la Paz, 

pero es la Paz la que debe garantizar el derecho a una buena Educación. 

No podemos entender a la una sin la otra. 

No podemos entender el mundo sin ninguna de las dos.




lunes, 28 de diciembre de 2020

Lecciones de pandemia

Estamos estos días viviendo unas navidades atípicas y el final de un año aún más atípico que quedará marcado en nuestra historia.

Creo que si hace un año por estas fechas nos preguntaran que esperábamos para el 2020, nadie nos hubiéramos imaginado, ni de lejos, lo que estaba a punto de ocurrir. 

Sin embargo, ocurrió, y lo más que podemos hacer ahora es reflexionar y aprender de ello.

Porque, admitámoslo, la pandemia ha puesto en jaque y en tela de juicio muchos aspectos de nuestra vida en sociedad y de nuestra forma de relacionarnos con el medio que nos rodea.

Y es que, como si de un iceberg se tratase, nuestro barco ha chocado de lleno contra la punta del mismo, pero obviamos que la verdadera pandemia que nos acecha se esconde bajo la superficie, y por mucho que nos empeñemos en asociar lo ocurrido a un mal año, no debemos olvidar que en 2021 la amenaza fantasma seguirá estando ahí.

Es por ello que además reflexionar sobre lo que ha supuesto 2020, como seguramente hagamos la inmensa mayoría ahora que se acaba el año, también nos va a tocar mirar más allá para pasar de la reflexión a la acción.

Dicha acción se debería materializar, en primer lugar, en revertir todo lo que podamos el inminente cambio climático que altera las temperaturas, las estaciones y el equilibrio entre especies, haciéndonos más vulnerables y abocando a nuestro planeta a una grave crisis.

A todo ello se sumaría el revisar un sistema económico basado en un ritmo de consumo que se ha demostrado insostenible y que también ha quedado en evidencia durante este año.

Por otro lado, se ha potenciado durante tanto y tanto tiempo el individualismo, que en situaciones como ésta hemos visto las enormes dificultades que tenemos para pensar y actuar como sociedad - y no digamos ya como especie -, por lo que debemos poner de nuevo en valor la importancia de lo colectivo.

Además, durante este tiempo también hemos visto como se agrandaba la brecha de la desigualdad al tiempo que hemos pagado las consecuencias de tantos años de políticas de recortes, privatizaciones y austeridad, sobre todo en lo que a sistema sanitario e inversión en ciencia e investigación se refiere. Es por esta razón que se hace necesario defender lo público como garante de equidad y bienestar, y potenciar el pensamiento científico como vía de desarrollo para la humanidad. 

No obstante, sé que la inercia general será la de volver a la vorágine anterior a todo esto, y más ahora que ha comenzado el proceso de vacunación, pero confío en que sepamos apreciar la lección que la pandemia nos deja y valorar más nuestra calidad de vida y todas aquellas otras cuestiones en las que antes no solíamos reparar.

Por lo tanto, el reto que se nos plantea para este nuevo año será poner en marcha esta acción de cambio, y nuestro papel desde la escuela será empezar desde ya a educar a las generaciones que van a hacer posible dicho proceso y que van a recoger los frutos de los esfuerzos que hagamos ahora en el presente. 

Para finalizar, os dejo con una ilustración de @graphicroozane que me ha resultado muy llamativa.


¡Feliz 2021! 

jueves, 3 de diciembre de 2020

Desmintiendo bulos, allanando caminos

Llevamos ya un par de años presos de toda una campaña de desinformación que tiene en su punto de mira a los colegios específicos de Educación Especial, una campaña que durante este último mes se ha intensificado aún más con la aprobación de la nueva ley educativa.

Pese a que este bulo ya haya sido desmentido por activa y por pasiva, se sigue recurriendo al mismo como una forma de mantener en vilo a toda la sociedad en general, y en concreto a aquellas personas a las que esta cuestión les toca aún más de cerca.

¿El motivo? Todo forma parte de una estrategia con intereses en juego que utiliza a nuestro alumnado como arma arrojadiza, lo cual me parece cuanto menos mezquino y despreciable, y no hablo de aquellas familias que se han podido movilizar de buena fe ante lo que percibían como una amenaza, sino de quienes han promovido con total premeditación el que se sintieran amenazadas.

Así pues, me gustaría aprovechar que hoy es el Día Internacional de las Personas con Discapacidad, para poder contrarrestar este discurso del miedo con un enfoque más crítico a la par que más constructivo.

El caso es que nuestra forma de dar respuesta a las necesidades de las personas con discapacidad a nivel social y educativo debe ser cuanto menos revisado, no para buscar errores, sino para ver como la podemos mejorar, y en este sentido sabemos que en España estamos aún muy lejos de una verdadera inclusión.

Entiendo que nos echemos las manos a la cabeza cuando hablamos de que los chicos y chicas de Educación Especial puedan estar escolarizados en una escuela ordinaria, y ello es debido a que no somos capaces de concebir la escuela ordinaria de una forma distinta a la que hasta ahora hemos conocido.

Por lo tanto, el primer paso a dar en este recorrido es transformar la escuela del modelo tradicional que aún impera a un modelo mucho más flexible y donde sea ésta la que se adapte a las necesidades de su alumnado y no al revés, una escuela donde las ratios sean más reducidas, tengamos más profesionales trabajando y estemos mejor formados y mejor preparados para atender la diversidad. 

Cierto es que, para que las escuelas ordinarias puedan albergar a este alumnado con total garantía de prestarles una respuesta educativa de calidad y adaptada a sus necesidades, se hace indispensable, por un lado, una inversión económica en forma de adaptación de espacios y de disposición de recursos personales y materiales de sobra, y por otro lado, que dicha disposición de recursos sea una cuestión de estado y que no quede sujeto a los devenires de los distintos gobiernos autonómicos o nacionales. 

También debemos romper con esa visión caritativa que nuestra tradición nacional a menudo arrastra y entender que no se trata de ver a las personas con discapacidad como "pobrecitos" a los que cuidar y atender, sino como personas de pleno derecho que merecen ser tratadas con dignidad y solidaridad.

Sabemos, por tanto, que la meta de una verdadera escuela inclusiva no podrá alcanzarse a corto plazo, puesto que todavía tenemos que cambiar el paradigma de como la sociedad concibe la escuela, pero sí que tenemos la responsabilidad de ir allanando ese camino, y por eso, desde nuestro grupo de Atención a la Diversidad perteneciente a Acción Educativa, hemos estado durante esa semana promoviendo una campaña en redes desmintiendo mitos en relación a la discapacidad.

Os invitamos, por tanto, a reflexionar sobre ello y a cierro la presente entrada con la esperanza de que algún día podamos entre todas y todos construir una escuela y una sociedad en la que toda persona tenga cabida. 


sábado, 7 de noviembre de 2020

¿Es que acaso no hemos aprendido nada?

Vivimos tiempos inciertos y en una cada vez más candente crispación global que nos lleva a la pregunta que de manera indiscutible ha terminado por darle título al presente post. 

Como bien sabéis, nos encontramos inmersos en la segunda ola de una pandemia mundial, una segunda ola que nos ha sobrepasado de lleno ante la total indiferencia de los poderes públicos cuya responsabilidad en el tiempo entre olas era la de reforzar lo máximo posible nuestro sistema sanitario, el cual estaba ya de antemano bastante desmantelado debido a las políticas de recortes, privatizaciones y austeridad aplicadas durante toda una década.

Hay un proverbio árabe que dice "La primera vez que me engañes será culpa tuya. La segunda será culpa mía", y creo que nos viene como anillo al dedo ante esta situación que ha desembocado en un estado de hastío generalizado, ya que ahora no estamos como en marzo, donde dicha situación nos pilló de imprevisto, y sí que sabíamos a lo que nos enfrentábamos, pero aún así ni hemos contratado suficiente personal ni hemos tomado medidas preventivas con las que estar preparados para ello, por lo que otra vez nos tocará pagar las consecuencias.

De igual manera, vemos cómo en nuestra sociedad crecen de forma alarmante dos fenómenos, no necesariamente independientes, que en la actual situación de crisis encuentran el caldo de cultivo perfecto.

Por un lado, la actual corriente negacionista cada vez gana más adeptos y se hace más presente en la sociedad, poniendo en jaque aquel mundo sólido que tanto habíamos dado por sentado, pero que de un tiempo para acá cada vez hace más aguas. 

¿En qué hemos fallado en este sentido?

No creo que exista una única causa al respecto, pero como profesional de la Educación que soy, sí que creo que es hora de que hagamos algo de autocrítica sobre cómo se ha venido hasta ahora impartiendo el conocimiento de las materias relacionadas con la ciencia y con el estudio del mundo que nos rodea. 

En mi opinión, creo que durante muchos años hemos pecado de no enseñar del todo a pensar, a investigar o a contrastar información. Recuerdo mi época en el colegio o en el instituto como un tiempo donde se nos daban datos y fórmulas que simplemente debíamos memorizar para aprobar, sin entender realmente de donde salían, qué representaban o el por qué de que eso fuera así.

Y es que, si tienes una inmensa carga curricular por impartir, la administración escatima a la hora de proporcionar recursos y si encima no has tenido en tu carrera universitaria o en tu máster habilitante para la enseñanza una buena base de formación sobre metodologías didácticas, el resultado es que al final la inercia hace que perpetuemos una forma de enseñar en la que el docente imparte su lección y la función del alumnado sigue siendo la de callar, atender, memorizar, reproducir y olvidar, pero no la de cuestionar.

No quiero decir con ello que por este motivo todas las personas seamos potenciales negacionistas ni que todo sea culpa del profesorado, ni mucho menos, pero sí que creo que quizás es hora de darle una vuelta de tuerca a la formación científica que ofrecemos en nuestros centros escolares, al igual que tocaría, de una vez por toda, dar ese impulso tan necesario en nuestro país a la innovación, a la investigación y al desarrollo. 

Tampoco parece que entendamos que el método científico requiere de unos tiempos y unos procesos determinados, ya que en la actual era de la inmediatez en la que nos ubicamos estamos acostumbrados a querer resultados y a tenerlos aquí y ahora.

Quizás ya vaya siendo hora de romper con esa forma que tenemos de mirar el mundo tan cortoplacista y tan centrada en nuestro interés inmediato.  

Por otro lado, está también el aumento de corrientes totalitarias que nos recuerdan a una época pasada y oscura que, de igual manera, parece que habíamos dado por superada. 

En este sentido, siempre se ha dicho que quien no conoce su historia está condenado a repetirla. Sin embargo, en este caso, la conocemos más que de sobra, y no sólo por las clases y los libros de texto, sino por toda la ficción que se ha generado también en torno a ello, y aún así parece que volvemos a caer en el mismo patrón.

¿A qué creéis entonces que puede deberse esto?

Quizás la respuesta es que sí que la conocemos, pero que eso no es suficiente. 

Sabemos de sobra lo que pasó, pero apenas conocemos cómo se fueron produciendo de manera progresiva todos los sucesos previos que terminaron preparando el camino para que los totalitarismos se impusieran en Europa.

Creo que esa debe ser la clave a tener en cuenta cuando estudiamos Historia, pues no sólo se trata de conocer los hechos, sino también comprender cómo se van generando los antecedentes de los mismos desde una perspectiva social y reflexionar sobre las consecuencias que se van produciendo a raíz de ello. 

Por ejemplo, últimamente estamos presenciando cómo hay una fina línea que se entremezcla entre tendencias negacionistas y determinadas posturas políticas o personajes públicos que lo perpetúan y le dan voz. Tener sentido crítico y estar prevenidos ante este tipo de mensajes, que encuentran en los medios o en las redes su altavoz, nos ayudará a no dejarnos arrastrar por un mar de desinformaciones y de fake news. 

Además, hay otra cuestión importante a tener en cuenta cuando hablamos de la asignatura de Historia, y es que esta suele verse como algo muy alejado de nuestro presente, como algo inconexo, como si fuera algo ajeno a nuestra realidad. En dicho sentido, resulta fundamental tomar conciencia de la responsabilidad que nosotras y nosotros, como ciudadanos activos y presentes en esta sociedad, tenemos sobre el desarrollo de la misma y sobre los hechos históricos que se estudiarán en un futuro no tan lejano.

Ejemplo de esta toma de conciencia es Pablo, el muchacho que tan viral se ha hecho en las redes sociales cuando, en estos días de locos donde los disturbios se han adueñado de nuestras calles, tuvo el sencillo gesto de asumir un papel constructivo e inspirador. 

Quizás son este tipo de actos, sencillos y humanos, los que nos hacen ver que quizás no está todo perdido.

Por último, no quisiera despedirme sin dedicar unas palabras a aquel profesor que fue brutalmente asesinado mientras ejercía su profesión e invitaba a su alumnado a participar en un debate sobre la libertad de expresión.

Necesitamos seguir formando mentes críticas, que se atrevan a discrepar y a cuestionar, pero que al mismo tiempo sepan respetar la diversidad y entender que la violencia nunca puede ser la solución.

Nos toca construir el futuro, y sólo hay una forma sensata de hacerlo: en común y con rigor.  

sábado, 10 de octubre de 2020

No hay salud sin salud mental

Hoy, día 10 de octubre, es el Día Mundial de la Salud Mental, y desde este blog me parecía importante reivindicar la relevancia de la misma en un momento histórico y social donde más que nunca se puede estar viendo afectada. 

Y es que, cuando de normal hablamos de salud, solemos pensar en los diferentes aspectos que tienen que ver con nuestro bienestar físico - al fin y al cabo, así se nos ha enseñado, ¿no? -. Sin embargo, ya sea por desconocimiento, por subestimación o por estigmatización, olvidamos o relegamos a un segundo plano todo aquello que tiene que ver con nuestro bienestar psíquico y emocional. 

Es cierto que, de manera reciente, parece que por fin se le está dando algo más de visibilidad a la importancia de cuidar nuestra salud mental, aunque el prisma por el que estamos mirando todavía es demasiado estrecho y no deja ver aún con claridad todo el espectro que existe, corriendo el riesgo de romantizar el trastorno y caer en clichés (a menudo potenciados y extendidos por la ficción) a raíz de los cuales solemos hacernos una idea equivocada de lo que de verdad supone. 

Creo que es necesario cambiar el paradigma, y no ver solo la salud como la ausencia de enfermedad, sino como un estado de bienestar deseable que debemos trabajar por alcanzar, ya sea de manera física o mental. 

En este sentido, se hace prioritario potenciar programas de prevención, de información y concienciación, los cuales nos ayuden a derribar tabús o creencias erróneas a la vez que normalizamos el poder pedir ayuda cuando percibimos que la cosa no va bien u observamos algún aspecto, tanto de nosotros mismos como de nuestro momento vital, que necesitamos mejorar. 

Porque no siempre podremos controlar la situación, porque a veces nos rompemos o nos vemos superados, porque conocerse mejor a uno mismo es tener mejores herramientas para enfrentarse a cada situación. Hay mil razones para otorgarle a la salud mental el lugar que se merece en nuestra escala de valores, y desde el ámbito de la Educación creo que tenemos un papel importante que desempeñar en dicho aspecto.  

Sin embargo, para ello también se hace necesario que los responsables de nuestro sistema sanitario le den a la salud mental el peso que requiere, invirtiendo en profesionales, recursos e infraestructuras destinadas a tal fin.

No obstante, recuerda que no estás solo, y que no eres más débil y vulnerable por solicitar ayuda. Todas las personas tenemos aspectos en los que podemos trabajar y mejorar. Tomemos conciencia de ello y recurramos a un especialista cuando lo veamos preciso.

Mientras tanto, si en algo puedo ayudarte, cuenta conmigo, pues, como bien os decía en un antiguo post, la clave siempre está en cuidarse, cuidar y dejarse cuidar, y esto se aplica a la salud física, sí, pero también a la salud mental y emocional. 


miércoles, 19 de agosto de 2020

Indiferencia, Ignorancia e Incertidumbre

Se van a cumplir 2 meses desde que finalizó el Estado de Alarma en España, y algo más de 5 meses desde que fue decretado ante la situación de emergencia sanitaria que estábamos viviendo en el país, tiempo suficiente, en mi humilde opinión, para que los diferentes responsables políticos - estatales y autonómicos - se hubieran parado a diseñar de manera conjunta y coordinada una serie de protocolos a seguir para garantizar una vuelta segura a las clases.

Sin embargo, a menos de 2 semanas para que llegue septiembre, seguimos sin saber cómo se va a garantizar dicha seguridad cuando nos toque volver a las aulas (si es que finalmente podemos volver).


Este hecho no hace más que evidenciar una cuestión que nunca estuvo realmente oculta, pero a la que quizás no nos habíamos parado realmente a mirar: en este país la Educación no importa o, al menos, no lo suficiente.

Sólo hay que mirar como se han buscado establecer toda clase de protocolos para que el sector turístico pudiera ponerse en marcha durante este verano, mientras que los centros sanitarios de atención primaria siguen cerrados a cal y canto sin los refuerzos necesarios y en las escuelas desconocemos por completo cómo vamos a poder gestionar la situación que se avecina. 

Con ello no quiero decir que no fuera necesario buscar fórmulas para que los distintos establecimientos pudieran abrir sus puertas, pero sí realizar una comparación a cómo se está - o no se está, mejor dicho - actuando en lo que al ámbito educativo se refiere.

Se habla de posibles escenarios, de "grupos estables" o de modalidades mixtas, lo cual no termina siendo más que falacias y palabras vacías que pueden sonar bien al oyente, pero a las que le falta contenido, un contenido que se traduce en proporcionar los recursos necesarios e imprescindibles para que la respuesta educativa que demos sea segura y de calidad, y ello pasa por garantizar la presencia de personal sanitario en las escuelas, bajar las ratios por aula, facilitar nuevos espacios, reforzar plantillas docentes y no docentes con más contrataciones, dotar de equipamiento adecuado, etc.


De lo contrario, sabemos que la probabilidad de que empiecen a producirse rebrotes en nuestros centros educativos es muy elevada y que podría conllevar al cierre de muchos colegios e institutos dados el caso y el aislamiento de su alumnado, de su plantilla y de las familias y los allegados de todos los afectados, siendo esta una cuestión que no puede recaer sobre la responsabilidad de los equipos directivos o del profesorado.

Mientras tanto, hemos visto como aumenta la ignorancia de quienes creen que todo esto no es más que una conspiración y una gran farsa, un negacionismo que crece últimamente a un ritmo bastante preocupante y que se manifiesta contra determinados aspectos que ya creíamos consolidados, siendo este un tema que requiere una profunda y pausada reflexión y también un poco de autocrítica en Educación. 


Es por ello que, ahora más que nunca, debemos seguir reclamando que se le conceda a la escuela la vital importancia que debe tener en el desarrollo y la prosperidad de una sociedad realmente científica, solidaria y democrática.

El primer paso de momento es poder volver a las clases con todas las garantizas sanitarias, pero también con todas las garantías de que esto no va a mermar ni la calidad de la atención educativa que demos a nuestro alumnado ni tampoco sus aprendizajes en los diferentes ámbitos del desarrollo, al contrario de lo que ocurre en la siguiente imagen que se viralizó durante estos días en la red:


Mientras tanto seguimos a expensas de la indiferencia de nuestra clase política, de la ignorancia de quienes creen que todo es mentira o que nuestra protesta es porque no queremos trabajar, y de la incertidumbre que se plantea ante un escenario tan preocupante como incierto.

Aún estamos a tiempo de cambiar el guión.

Poder, se puede.

La pregunta ahora es:

¿Quieren? 

sábado, 13 de junio de 2020

Utopías, Distopías y Nueva Normalidad

Nos acercamos al final del curso, un curso cuanto menos extraño y atípico, y me temo que lo que se vislumbra en el horizonte para la vuelta es un escenario borroso, incierto y desolador. 

Al principio pensamos que esta situación nos podía servir para recapacitar, para ser mejores como individuos y como sociedad, que nos uniría, que nos haría aparcar nuestras diferencias y que pensaríamos como especie en busca de otra forma de relacionarnos entre nosotros y con el planeta. Sin embargo, sospecho que, al igual que yo, el mundo está lleno de utópicos anónimos.


El sueño duró poco, pues enseguida la utopía derivó en un escenario mucho más distópico, un escenario donde en lugar de unirnos nos enfrentábamos, donde no cesaron las injusticias, donde el individualismo y la voraz competitividad en la que tanto tiempo se nos estuvo instruyendo salió a flote, y donde nuestros guantes y nuestras mascarillas ensuciaban de nuevo nuestras calles, nuestras tierra y nuestros mares, mostrando nuestra total falta de conciencia cívica y medioambiental.

La dictadura del plástico y de los desechables de un sólo uso se hacía de nuevo más fuerte en un escenario donde protegerse era lo fundamental, olvidando que proteger el planeta en el que vivimos es también proteger al prójimo y protegerse a uno mismo. 


En todo este escenario, ahí estuvimos los profesionales de la Educación, un día tras otro, haciendo malabares para llegar a todo, ideando mil historias para poder trabajar con nuestro alumnado, preparando materiales o asistiendo a formación online para mejorar nuestra forma de trabajar desde casa, y, sin embargo, creo que nadie de la administración o de la sociedad en general se paró a pensar en que tipo de situación tendríamos dentro de nuestros hogares. Eficiencia por encima de humanidad. 

En este sentido, creo que hablo en nombre de muchos compañeros y compañeras cuando hago referencia a esa sensación de presión, de tener que cumplir tanto con nuestro trabajo educativo como con todas las demandas burocráticas que conlleva esta profesión (más incluso en tiempos de pandemia), o de soportar esa lacra social que aún cree que hemos sido unos privilegiados durante estos meses por seguir trabajando desde nuestras casas.

Sinceramente creo que, ante esta situación vivida donde el mundo sólido sobre el que nos creíamos asentados hacía cada vez más agua, nos hemos sentido en parte poco cuidados y algo abandonados, pero aún así, como profesionales que somos, y como personas que viven con dedicación su vocación, hemos hecho lo mejor que hemos sabido y de la mejor forma que hemos podido con lo que teníamos, que no es poco.

Quizás por eso, ahora con el curso a punto de finalizar, es cuando más empezamos a notar ese desgaste humano, mental y emocional que nos ha supuesto este sobreesfuerzo y el estar tantas y tantas horas delante y detrás de la pantalla de un ordenador. 


No quiero, ni mucho menos, colgarme medallas o que parezca que es nuestro colectivo el más afectado, nada más lejos de la realidad. Como bien he reflejado en entradas anteriores de este blog, reconozco que esta situación ha supuesto un desgaste también para las familias y para el alumnado. Al fin y al cabo, estamos todos dentro de ese mismo barco que es la Comunidad Educativa. No obstante, si que quisiera en este post hacer un poco más de hincapié de mi (o nuestra) vivencia subjetiva, sin que ello sirva de pretexto para desmerecer a nadie, aún más sabiendo que ha habido tantas y tantas personas trabajando en condiciones muy difíciles al pie del cañón.

Así pues, llegados a este punto, se nos plantea el escenario de nueva normalidad, un escenario donde me temo que los cambios que se van a producir van a repercutir mucho en aquellos aspectos a los que normalmente restamos importancia cuando hablamos de educar: la socialización, la convivencia, la interacción y el aprendizaje entre iguales, las metodologías activas, los agrupamientos flexibles, las aulas abiertas, las actividades complementarias, el aprendizaje vivencial, las actividades deportivas o culturales, la atención a la diversidad... 

Al final, tanto a través de la pantalla o en modo presencial, parece que sigue habiendo una creencia bien asentada en el imaginario común según la cual nuestra única función es la de ser meros transmisores de contenidos, con un sujeto activo docente y unos sujetos pasivos que simplemente deben permanecer sentados, aislados y mirando al frente.

Sin embargo, no está de más recordar que no sólo educamos con la palabra, educamos desde el alma, educamos con el corazón, educamos a través de un clima de confianza, proximidad y seguridad que se forja en nuestras aulas día tras día.

No somos elementos pasivos dentro de un mismo espacio, somos organismos activos que nos desarrollamos como personas de manera global, somos seres sociales que nos necesitamos cerca, somos seres humanos que establecen en la convivencia de la escuela un vínculo afectivo que termina siendo la base de muchos de los aprendizajes que están por llegar.

En definitiva, la escuela es un lugar vivo, un lugar que nos enriquece y donde el trabajo que realizamos toca todos los ámbitos del desarrollo humano, y me temo que mucho de eso podría llegar a perderse en esta nueva "anormalidad".


Entendemos la complejidad de la situación y lo difícil que es dar una respuesta ante tanta incertidumbre, pero nos cansa que las decisiones (o las no decisiones) que se toman en Educación suelan realizarse sin tener en cuenta a la gente que realmente trabaja en Educación. 

Sabemos que, si realmente se quiere que la vuelta al colegio en septiembre se haga garantizando todas las medidas oportunas, va a implicar una inversión en la Escuela Pública, en acondicionar mejor o ampliar los edificios que la conforman, en dotarla de recursos tanto ordinarios como extraordinarios por el COVID-19, en ampliar sus plantillas y en reducir sus ratios, sin recurrir a invenciones como la de contar con personas voluntarias para suplir con dudosas artimañas contrataciones que son de imperiosa necesidad. 

¿Estaremos dispuestos a asumir ese compromiso? 

Mientras tanto, pese a todo, aquí seguiremos, como hasta ahora, velando por el bienestar de nuestro alumnado, un alumnado con el que nos hubiera gustado poder despedir el curso como se merece, juntos, en nuestro centro, en nuestra clase.

Después de todo, son ellas y ellos quienes llenan de sentido a esta profesión, y les echamos mucho de menos.